domingo, 25 de mayo de 2014

LAS MUJERES COMO ARMAS DE GUERRA


Por Inspiración Femenina


A lo largo de la historia, y probablemente desde los orígenes del patriarcado, la violencia hacia la mujer ha sido utilizada como arma de guerra, con la intención de castigarlas, humillarlas y deshumanizarlas, pero sobre todo, con la intención de reprimir, destruir y humillar por todos los medios posibles el grupo al que pertenecen.
Desde las invasiones de los bárbaros en Europa –donde las tribus robaban a las mujeres de los pueblos enemigos, las preñaban o las usaban como esclavas-, las guerras helénicas, hasta los últimos conflictos armados, esta violencia ha sido durante mucho tiempo asimilada a un signo de dominación más que a una herramienta de destrucción.
La violación de mujeres por parte de hombres del bando contrario muy a menudo debe analizarse no como el efecto de un deseo masculino “incontrolable”, sino como parte de una estrategia de conflicto, de combate, en la que las mujeres representan biológica y simbólicamente la integridad de la etnia o de la nación a combatir. Esta violencia nos lleva a pensar en las violencias exacerbadas contra las mujeres en las guerras étnicas, en las grandes invasiones, o hasta el último secuestro de más de doscientas niñas en Nigeria.
Una vez más, en medio de una confrontación de varones, el cuerpo femenino es utilizado como moneda de cambio y como campo de batalla, convirtiéndolas, una vez más…. -como viene ocurriendo desde hace varios milenios- en botín de guerra para sembrar el terror en las comunidades, imponer control militar, para obligar a la gente a huir de sus hogares y apropiarse de su territorio, vengarse de los adversarios, para, en definitiva, acumular “trofeos de guerra”.

Es, sin duda, un medio de humillación muy patriarcal, muy de machos, ya que es una manera para alardear ante los hombres de la parte contraria y para demostrarles que no han sido capaces de proteger a sus mujeres. Es, en alguna medida, un mensaje de castración y mutilación al enemigo.
Así lo indica el Informe de 1998 de la Relatora Especial sobre la Violencia Contra la Mujer, Radhika Coomaraswamy, que también afirma que la violencia sexual es utilizada como forma de castigo en las mujeres que supuestamente tienen algún tipo de relación afectiva con miembros del bando contrario o que se presume colaboran con el “enemigo”. En este sentido, se usa como una forma de advertencia a las demás mujeres de la comunidad. O sea, que esta violencia no es solo utilizada hacia las mujeres del bando contrario, sino que puede incluso ser aplicada con las del propio.
La violación, el secuestro de las mujeres de una comunidad ha sido siempre una manera de desmoralizar al otro, ultrajando su propiedad. En este sentido, la violencia sexual implica el ejercicio del poder sobre las mujeres, pero en el fondo significa el ejercicio del poder sobre los hombres: es una manera de recordarles que las mujeres son parte del botín.
Y, fíjense, el hecho de que culturalmente los hombres no sean considerados propiedad de las mujeres hace que la violación no opere a la inversa, es decir, no se ejerce violencia sexual contra los hombres para castigar a las mujeres. Por tanto, la violencia sexual busca quebrantar emocionalmente a los hombres y poner en entredicho el modelo hegemónico de masculinidad en la comunidad en la que viven.

Y es que, realmente, atacando a las mujeres atacan a toda la comunidad, porque las mujeres se consideran conservadoras del tejido social. Cuando se desplazan con sus familias a causa de la violación o por el temor de ser violadas, estos tejidos se rompen y, por lo tanto, se deshacen los movimientos sociales que ellas han construido durante años.

Pero realmente, la utilización de la mujer como arma de guerra va mucho más allá de las violaciones o los secuestros ocurridos en los conflictos armados. Las mujeres también somos utilizadas como arma de guerra en nuestros sistemas democráticos, aparentemente estables, seguros, coherentes… La vida en los países capitalistas es cada vez más parecida a una guerra: la guerra por ser el mejor, por tener más, por llegar a, por hundir a… Y en esas guerras hay una serie de momentos donde las batallas se incrementan de forma explosiva: las campañas electorales. Sí, podríamos decir que las campañas electorales son las guerras declaradas y consentidas de las sociedades demócratas. Y como en toda batalla, la mujer es un botín.
Lo hemos visto en los últimos días aquí en España, ante la campaña para las elecciones europeas. El machismo del partido de derechas se ha hecho latente en su candidato, cuando en un desliz de una entrevista en televisión, se le escapó la superioridad intelectual de los hombres ante las mujeres. Pero la izquierda no iba a desaprovechar la carnaza, y el acontecimiento ha sido llevado a las portadas de los periódicos. La resultante, es que hemos visto a los dos partidos preponderantes del país, la izquierda y al derecha –aunque ya sabemos que hablar en estos términos hoy en día es casi una entelequia- luchando encarnizadamente, todos con la palabra mujer en la boca, con la igualdad como lema entre los dientes, y con el feminismo como pistola que escupía balas envenenadas de un lado a otro. Y las victimas de tal batalla… ¿quién creen ustedes que serán?
Lo mismo ocurría hace poco en las elecciones afganas: las mujeres utilizadas, no solo como botín de guerra, sino como posible voto elector y carta de presentación ante los países occidentales.
Hay muchas clases diferentes de armas de guerra, desde las más burdas a las más sofisticadas. Del mismo modo las mujeres son empleadas como armas: desde la violencia sexual para humillar al enemigo, hasta la adulación como estrategia comercial.
Y en cuanto a  nosotras ¿qué hacer?  Ser conscientes de que nos usan como gatillo, y sacudirnos de una vez las rémoras de pólvora de nuestras faldas. Nuestros cuerpos son labrantíos de vida, no cementerios ni campos de batalla. No hemos sido diseñadas para la muerte, y mucho menos para la matanza.
Dejemos que las batallas de hombres sean lidiadas por ellos, y no caigamos en el efímero placer del protagonismo que nos halaga. No queremos medallas, ni estrellas, ni condecoraciones de honor al valor concedido. No forman parte de nuestra historia ni de nuestra esencia.
Dejemos que los esqueletos se deshagan por si mismos. No hace falta empujarlos.

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